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La Coctelera

ellahablasola

15 Agosto 2005

Seres racionales, de los que consumen las raciones en los bares

Un beso es un acto muy íntimo. Una mujer y un hombre (o una mujer y una mujer, o un hombre y un hombre, o un axalotl y una axalotl) entreabren la boca, entrecierran los ojos, pegan los labios como ventosas, preparan la lengua y se dan una friega otorrinolaringóloga de padre y muy señor mío. Así es un beso, un intercambio espeso de fluidos gástricos, a lo peor, entre dos desconocidos; un trasvase de baba extraña, a lo peor, después de haber ingerido diez cubatas de garrafón; cuarto y mitad de saliva ajena nadando en tu propia saliva. Sí señor, así es un beso... visto desde fuera, desde el otro lado de la historia.

Pero, ay Caperucita, para el interesado el cuento es otro. El interesado entreabre la boca con un temblorcillo tonto de barbilla, entrecierra los ojos para que no le moleste el mundo, implora la religión de Santa Ventosa y avanza la lengua en la esperanza de tropezarse con Dios Padre y muy Señor mío. Entonces, se le materializa el beso. Se le hace carne de su propia carne, intercambio ansioso de fluidos, desasosegado trasvase de baba a la sangre de sus venas, saliva ajena en el interior del alma. En ese momento, el desconocido deja de ser un desconocido y la fabada sabe a maná y los vapores dulces del alcohol lo transportan nadando al séptimo cielo. Y es que los seres humanos somos las criaturillas más extrañas que parió mamá Naturaleza. Del asco a la pasión sólo nos separa un beso; del odio al amor, el paso para besarse.

Acaso, la culpa de tantas y tan dolorosas contradicciones sea de la cultura social que nos amamanta. Desde que es hombre el hombre y pudo bajarse del árbol, quiso, tal vez por orgullo, separarse y ser distinto de aquellos que continuaron en las ramas. Inventó el fuego para no comer carne cruda como los animales, pero seguía comiendo carne. Hizo viviendas y encerró sus instintos de puertas para adentro, pero fue gorila en jaula. Se cubrió el cuerpo con Christian Dior y con Armani, pero se le continuaba tensando la entrepierna frente al otro sexo (o frente al mismo sexo o frente a los axolotl). Y, en lucha suprema con su naturaleza, el hombre dijo que dijo Dios: “No desearás a la mujer de tu prójimo”, pero inventó el beso. Porque, en realidad, ¿qué necesidad tenemos de besarnos? Si nos apetece un abrazo, nos abrazamos; si nos cansa mirar, a sobarse toca; si ruge la sangre, a la cama; si es necesario el consuelo, nos acariciamos hasta la rabadilla; a los amigos se les tiende la mano. ¿A qué viene el beso, entonces? ¿Cuál es su esencia? ¿Cuál su utilidad?

Hace ya muchos, muchos siglos, el señor Ptolomeo aventuró que el hombre estaba a mitad de camino entre los dioses y las bestias. Pues bien, amigos, ahí continuamos, no nos hemos movido un ápice. Ni más arriba ni más abajo, a mitad de camino, justo. Un tira y afloja entre Dios y bestia que nos hace rechinar los dientes de dolor, que nos mantiene en perpetua guerra con nosotros mismos, que crea culpabilidades de animal y prepotencia divina. Y en medio de todo, el hombre. Y en medio del hombre la sociedad creada por el hombre, los buenos modos, lo políticamente correcto, la cuchara y el tenedor, las bragas, el jefe, los tipos de interés, la cirugía estética, el condón y Hacienda que somos todos. ¡Qué gran esfuerzo nos cuesta ser civilizados cuando la cabra tira al monte! ¡Cuánto molestan las tanguitas con lo cómodo que está el culo al aire! ¡Quién nos mandaría bajarnos del árbol!

Del otro lado está la parte “dios”. Y para colmo de males, también esta parte se nos retuerce por dentro y nos exige su dosis de satisfacción y tiene hambre de música y de letra impresa y de arte y de sensibilidad y añora la creación y piensa luego existe y busca la inmortalidad que le corresponde. Y duele y me duele y te duele tanta lucha interna, tanta guerra encerrada en 1800 cm3 de capacidad craneana, tanta lid entre neurona y sangre. Como siempre, en medio de todo, el hombre. Y en medio del hombre la gran contienda a ver quién se lleva el gato al agua, a ver quién tira o afloja más: dios o bestia. ¿Se nos irá la cabra al monte o vendrán más ovejitas Dolly? ¿Sabe alguien si pertenecemos al árbol o al Olimpo? ¿Nos dejará la capa de ozono con el culo al aire antes de saber quiénes somos, de dónde venimos y por qué usamos tangas?

Manda narices.

Bueno, da igual. Entretanto, los hombres hemos descubierto algo muy íntimo que no es de dioses ni es de bestias: las bestias follan (¿sinónimo?) y los dioses tienen sentimientos sublimes. Nosotros practicamos las dos cosas; sólo que, además, incomprensiblemente hemos inventado el beso, que no es lo que se dice follar ni es lo que se dice sublime, pero que tiene mucho de ambas cosas. Y lo mejor de todo, señores, es que no pertenece ni a los dioses ni a las bestias: es sólo nuestro. Del hombre.

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14 Agosto 2005

Cuidado con los domingos que los carga el diablo

Últimamente voy de despiste: si de verdad tiene tal cantidad de audiencia la prensa rosa, los programas del corazón y las peleas televisivas... no es posible que tantas personas estén equivocadas. Debo ser yo, como siempre, la que anda con el pavo salido de madre.
Y para colmo no me gusta Bisbal. ¡Ya me vale!

(Bah, ni caso; lo que ocurre es que estoy penosa porque al final no me pude ir al Creamfields Andalucía en la Playa de Villaricos; ¡cachis!).

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13 Agosto 2005

Bienvenido Mr. Cine

Cuando uno anda de capa caída, lo mejor es irse al cine. Esa es la receta más eficaz contra la acidez del día. Veinticuatro imágenes por segundo y ángulos y sombras y sonido. Y todo ello compinchado en algún punto del cerebro con el único fin de ofrecer placer, puro placer a solas con nosotros mismos. Porque una película se discute después, nunca en el momento. In situ estamos solos, manipulado únicamente por el brote de emociones internas. Así es el cine, un entramado sagaz destinado a inquietar a cualquier individuo con independencia de edad, sexo, condición o leche.

Se puede decir que sucedió en Francia un 28 de diciembre de 1895, donde, a pesar del frío propio de la fecha o tal vez gracias a ello, un grupo de personas reunidas en el sótano del Gran Café de París pagaron, por primera vez, para ser testigos del espectáculo propuesto por una cámara y dos hermanos: Louis y Auguste Lumiére. Acababa de nacer el cine. A partir de aquí, la semilla lumierana arraigó y trasladó la magia hasta millones de salas de espectaboquiabiertos. Y es que hemos de reconocer que los Lumiére no sólo inventaron el cine, sino que materializaron los sueños colgándolos a dos palmos de nuestras narices. ¿Puede alguien asegurar, acaso, que no voló a la luz de la luna llena con un marciano en la canastilla de su bicicleta? ¿En ocasiones, no vemos todos muertos? ¿Quién se quedó fuera cuando Jack Lemon abrió la puerta de aquel apartamento tan solicitado? ¿No se nos escapó una lagrimita ante la anciana que vendía cocaína para alegrar económicamente los últimos años de su marido enfermo? ¿Puede alguien decir que no ha corrido de la mano de Hitchcock perseguido de mil pájaros? Pues ahí está el sortilegio. En dejar fluir la emoción, en soñar a pierna suelta junto al desconocido de la butaca de al lado, junto a ese montón de corazones que laten al unísono en la misma sala; es algo no conseguido nunca por ninguna religión ni ideología, algo negado a políticas e instituciones varias; algo que sólo consiguieron dos hermanos, dos magos. Ellos legaron a la humanidad la madeja con la cual tejer sus sueños unidos.

Por eso, cuando se anda de capa caída lo mejor es irse al cine. ¡Al cine, sí señor! Al País del Nunca Jamás, `Al este del Edén´. A contemplar como discurre `El largo río de la vida´ a nuestro lado y nos salpica de esa `Dolce vita´ que la pupila abarca entre sorprendida y extasiada. A desbordar la rutina allá donde Lawrence de Arabia es sólo un punto en el desierto. A abandonar la tragedia personal frente a esa desgraciada criatura creada en un laboratorio con trozos de cadáveres. A graduarse con Dustin Hoffman. A buscar la milana bonita junto a Francisco Rabal. A bailar con lobos hambrientos de emociones seguras. A dejarnos llevar por unos `Amores perros´. A volar por la ventana `Mar adentro´. A ayudarle a matar malos a `León el profesional´. Así, sin ningún riesgo. La mejor manera de atravesar las leyes de la gravedad y del tiempo hacia adelante y hacia atrás. Cualquier cosa que la mente pueda imaginar, es posible. Un espacio donde el señor Lobo da instrucciones precisas para limpiar un coche de sesos desparramados; donde la Estatua de la Libertad aparece en la arena de una extraña playa; donde las bestias enamoran a las bellas; donde Sam aún continúa tocando en `Casablanca´. Toda emoción es aceptable en el mundo del celuloide. Igual puedes reír a moco tendido mientras tomas una tacita de `Arsénico por compasión´, que puedes notar en la piel la calamidad de ser `El hombre elefante´, que entrar en un monasterio donde los monjes envenenan las páginas de los libros prohibidos, que atravesar de la mano de Coppola el umbral de un castillo en Transilvania, que conocer a `Viridiana´ o el ay de Carmela. A gusto del consumidor, a su elección. Basta un desembolso simbólico para tener acceso. Pasar por taquilla asegura `El viaje a ninguna parte´, al mundo de la emoción sintética y segura. Una entrada a otro universo de la mano de Stanislavski y resguardados de todo mal físico. ¿Quién ofrece más por menos?

No le des más vueltas, si te ha dejado tu pareja, si te apetece llorar sin dar el cante, si tienes la mandíbula oxidada del tiempo que hace que no te ríes... al cine, hombre. Visita el `Imperio de los sentidos´, atrévete a bailar con Marlon Brando `El último Tango´; conviértete en Clint Eastwood y pasea con `Dos mulas y una mujer´; desayuna con diamante por una vez en la vida. Decídete a ser tú el protagonista. Dispara, corre, tiembla, ama, jode, mata. Llega a la `Ciudad de Dios´, recorre `La milla verde´ y apresúrate `Al final de la escalera´. Ánimo amigo. Sube. Asómate a `La ventana indiscreta´ y mira; mira con atención, porque eso que ves allá abajo, al borde de un ataque de nervios... son tus sueños.
Gracias por esa otra vida a Louis y Auguste Lumiére.

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11 Agosto 2005

Un as en la manga

Hay que ver lo caprichosa que es la vida. De cada diez, nueve veces nos lleva la contraria: si decimos blanco, ella se pone negra, negra; si soñamos, nos da una patada de realidad en el trasero; que estamos hartos de tanta jilipollez, a vivir como higos chumbos cien añitos de nada; y si se nos amontona el trabajo y no damos abasto y un mundo por apañar y la casa por barrer, ojo, peligro, ése es el momento en que nos mata.

En cuanto nacemos, pequeños y desvalidos para dar pena a la vida, comienza la carrera a ningún sitio. Hay que aprender a andar, a hablar, a decir la tabla del siete, a conocer los colores de los Teletubbies, a leer las onomatopeyas de los bichos de una granja, a llorar para mamar y a soportar que Pedrito sea más listo/a y más guapo/a y más todo que tú. En esa época todavía nos dan más miedo los muertos que los vivos y los armarios abiertos más miedo que los cerrados: ¡qué criaturillas! Peor se presenta la época de la pubertad. Al asegurar que daríamos cualquier cosa por ser jóvenes otra vez, de ninguna de las maneras queremos referirnos a ese periodo toca narices de la existencia. En él, una ristra absurda de complejos nos mantiene absortos en nuestro propio ombligo: que si vaya pelos, que si las espinillas, que si las orejas en soplillo picado, que si hay que ver San Dios lo chica que la tengo, que si anda mamá y no seas así y deja que me tatúe un pato en el cogote. Será un sufrimiento tonto, pero se sufre, oye.
Y como todo llega y todo pasa y es hombre el hombre por vocación antes que por condición, se va este disparatado sufrir a todas horas de la pubertad y, antes de que la adolescencia tenga tiempo de cambiar el mundo en un ataque de utopía, viene doña realidad con un trabajo y unos hijos y un sin fin de facturas bajo el brazo; y ahora sí que nos amarra y ahora sí que nos aprieta pero no nos ahoga la muy... vida. Así (o casi así) es como nos mantiene entretenidos para que no la veamos pasar.

Pero nosotros, los hombres, que somos hombres por condición, por vocación y por leche, guardamos un as en la manga: amamos con pasión la vida. Y, como buenos amantes, le buscamos el placer a toda costa. Y si se cierra de piernas, con más ganas. Y si se pone negra, le gritamos blanco de cojones y le metemos mil sueños en el trasero y vivimos como higos chumbos doscientos años si se tercia y no barremos la casa ni apañamos el mundo... por si acaso.

Así que, arriba, hombres, vamos a vivir. A vivir sin miedo, con el costado al aire para que se nos salen las heridas, con dos pares de ánimos bien puestos. Vamos a demostrarle que si ella es perra con nosotros, nosotros resistimos dolor con risa; tristeza, con paciencia de santo; cuernos, con los dientes apretados; desamor, con poesía; enfermedad, con ya verás que me curo; apatía, con música; no aguanto un palo más, con un buen vendaje en las costillas; ataque de realidad, con un vistazo a la Luna; no me quiere ni Dios, con siete pajas y un “tú te lo pierdes”; rabia, con beso; puntapié, con me levanto de nuevo; y si se me come la desidia y no puedo con el alma y me duele respirar y tengo la mandíbula oxidada del tiempo que hace que no me río, entonces..., entonces no sé con qué resistimos, pero resistimos.

Porque al hombre, señores, no lo creó Dios, ni proviene de la evolución de las especies, ni lo dejaron aquí por error los extraterrestres; el hombre se desprendió de un trozo de desafío. Sí. Así es señores. Hace millones y millones de años, más cerca de los tiranosaurios y los iguanodontes que de las lagartijas, apareció un ser insignificante, sin garras, sin colmillos, sin rugido feroz y con un lastre de sentimientos en las venas que lo traían a mal traer (que si quién soy y que si de dónde vengo, que si cómo diablos se hará una flor, que si por qué el tan azul del mar azul...). Lo cierto, es que nada apostaba por su pellejo escuálido. Pero él, el ser insignificante, jamás se daba por vencido y susurraba blanco entre dientes y soñaba poesía y prefería vivir trescientos años como un higo chumbo con tal de no morirse nunca: era el hombre.
Y desde entonces, por aquí andamos. Unas veces mejor y otras peor. Con nuestras grandezas y nuestras miserias. Aguantando chuscos de pico mientras amamos, lloramos, reímos, soñamos, odiamos, creemos, esperamos, desesperamos y añoramos. Aquí estamos, alzados como tentetiesos.

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10 Agosto 2005

Sobrevivir

Me gusta mirar la Luna. Blanca y redonda como un pandero; fina y de oro como un plátano; creciente y diosa de mareas; nueva de esperanza. La luna todo lo sabe porque todo lo ve y en todas partes. Anochece en Bollullus del Condado, y sale la Luna; anochece en la mansión blanca del presidente de algún poderoso estado o país, y sale la Luna; anochece en Irak, y sale la Luna; anochece en África y la Luna baña de plata el hambre; se nos anochece el mundo, pero sale la Luna. Ahí está, impertérrita, mirando pasar los siglos de uno en uno. Y nosotros, los hombres, aunque no nos sentimos demasiado avergonzados de nuestros actos, la tenemos enfilada, se la tenemos jurada, entre ojo y ojo la tenemos: por mirona. Ella nos conoce, sabe que somos capaces de sangrientos holocaustos. Averigua insospechados escondrijos de basuras radiactivas y armas de aniquilación in situ. Ve el exterminio sistemático que llevamos a cabo con otras especies del planeta Tierra. Se eclipsa ante la contaminación de los mares, de los ríos, del aire que a duras penas respiramos. Siente vergüenza ajena frente a la desnudez a la que hemos condenado a los bosques, al Amazonas, al terreno propio y al de ese vecino que aún no reúne los medios necesarios para poder desnudar por sí mismo. La acobardan los muertos que guardamos en los armarios. Enmudece cuando gritamos de ira en rebaño humano. Palidece de horror con tanta injusticia cubierta por leyes caducas, con tanta mentira poco piadosa, con tanto morro que tiene quien puede, con tan poca vergüenza histórica, con el despilfarro de tanto bien genético, con la muerte en un puño y la rabia por montera y la venganza en los dientes y los dientes afilados como silbidos de bala.

Pero ella, la Luna, sabe también que el hombre vino a la Tierra con una mano delante y otra detrás. Sin garras vino, sin rugido feroz, mondo y lirondo su pellejico escuálido. Hasta un mosquito tenía más defensa que el hombre. Nada en el mundo apostaba por su singracia. Y esta pobre criatura, parida monda por la Naturaleza, sobrevivió como pudo y, a ratos, como no pudo. Aprendió que dos y dos son cuatro mil palos que te pueden dar; que si tienes un buen garrote despiertas más respeto que sin garrote; que hay que ser más animal que los animales para sobrevivirle al día; que cuando aprieta el frío el sin techo muere; que la comida corre que se las pela; que si te pisa un dinosaurio estás jodido. Y aprendió a cubrirse su pobre pellejico escuálido con los dientes, con piel de animal y con rabia y con venganza y con silbidos de bala. Y se hizo malo.

Sólo que, entonces, ocurrió algo extraño. Ocurrió que, mientras silbaban las balas dentro de los países o de unos países a otros, el hombre pintó el Guernica; y mientras el exterminio de las especies era ya asunto que clamaba al cielo y apenas nos quedaba perro que nos ladre, el hombre compuso la Sinfonía del Nuevo Mundo; y mientras el Amazonas estaba siendo reducido a cuatro pinos y un par de margaritas, el hombre, incompresible porque sí, escribió el Quijote y construyó la Capilla Sixtina y pintó sus paredes y las paredes de las Cuevas de Altamira y rodó Vértigo y un coro de peregrinos entonó Tannhauser a los cuatro vientos y jugó el hombre a crear música con las palabras que también creó:

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.

La Luna, que todo lo sabe porque todo lo ve y en todas partes, sabe cosas del hombre que el mismo hombre desconoce. La Luna, diosa de las mareas, conoce el misterio de nuestro origen. La Luna, blanca y redonda como un pandero, nos vio llegar de dondequiera que llegáramos y ve adonde vamos a ir parar. La Luna nos mira, mira.

A mí me gusta mirarla a ella porque bajo el Sol no hay nada nuevo, me gusta mirarla porque sé que ella me mira, me gusta demostrarle que soy lo suficientemente perversa como para no extinguirme, que soy capaz de continuar contra todo viento y sus mareas, que estoy aquí de momento, pero que puedo llegar allí. Ojo, Luna.

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9 Agosto 2005

El amor no viaja solo

Esto del amor no hay quien lo entienda. Dicen, y deben decir bien, que puede existir enamoramiento sin amor, amor sin enamoramiento, sexo sin amor, amor sin sexo, soledad que te crió si no hallas a tu media naranja y, misterios de la vida, pareja de dos más solos que la una.

Dicen también, y no debe ser por decir, que el enamoramiento es eso que te pone como tonto; eso que no te deja vivir ni comer ni rascarte en paz; eso que te lleva y que te trae por esta calle y por la otra acera si se tercia; eso que te acelera el pulso, que te dilata las pupilas, que te estruja el corazón, que te hace nudos marineros en las tripas y en lo que no es las tripas; eso que te empuja al precipicio de una boca, a la sinrazón, a mover el mundo del revés, a ir de culo y cuesta abajo tan contento, a ver rosa lo renegrido, a morirte en vida a cada instante; eso que visto desde fuera aburre a la oveja y al pastor, de tan cursi; eso que se mueve por las venas sin permiso del cerebro ni de Dios ni del diablo: mariposas en la sangre, sí señor, eso debe ser el dichoso enamoramiento.
Pero el enamoramiento tiene una vida corta; ¡a ver qué cuerpo aguanta en feria todo el año! En realidad, este revuelo de hormonas dura apenas unos meses. Luego, a Dios gracias, se te cierra la boca y al menos ya no babeas en público al pronunciar en vano el nombre del individuo o la individua que, en el mejor de los casos, te ha puesto una temporadita cara al Sol que sale por Antequera.

El amor es otra historia. Un amor es un cimiento de hormigón en el alma. Dicen, y no dicen por decir, que la pupa de amor es muy mala de sanar y, que si sana, sana feo. La pupa de amor es como la artrosis: duele con los días lluviosos, con el viento, con los cambios bruscos de temperatura, por las mañanas, por las tardes, por las noches y cuando respiras. Y, sin embargo, lo que son las cosas, al amor no le gustan nada los aspavientos. Es más, si no le tocan las narices se queda quietecito y zorruno en su rincón. Pero que nadie se engañe: está ahí; está a las duras y a las maduras; está con pan y cebolla; está cuando ya se te cayó el culo al suelo; está siempre y porque sí y sin motivos para estar; está y sobrevive a esa guarra del Más Allá llamada Muerte; está y se queda aunque uno sea un petardo que no merece que esté ni que se quede; está y sigue estando cuando llegan las dentaduras postizas y cuando las entradas ya no son para los toros pero sí dan la vuelta al cráneo.
Así es el amor: desinteresado hasta el absurdo, algo que casi todos los seres humanos buscamos bajo las piedras, si bien, otros, en cuanto el amor asoma las orejas, huimos acojo... muertos de miedo.

Luego, ay, está el sexo, el despelote de los sentidos. Dicen, y a buen seguro dicen bien, que el sexo relaja, tonifica, expulsa toxinas y malos humos, amansa a las fieras mejor que la música, equivale a ocho kilómetros de carrera, aprieta las carnes, tensa los músculos y elimina kilitos de más y kilos de estrés. Y, sin embargo, hay que ver la mala fama que tiene el puñetero. Hablar de sexo requiere mucho tacto y, depende en qué momentos, puede resultar hasta de mal gusto. Por ejemplo, nadie le cuenta a su madre con quién se acostó anoche, ni qué cositas hizo en la cama, aunque, si encarta, sí le cuenta que está de amor hasta las cejas. Así las cosas, cualquiera podría pensar que el sexo es más privado que el amor o que el enamoramiento. Pero eso no es cierto del todo: el amor es muy del alma, el enamoramiento muy de la sangre, el sexo muy de los sentidos y todos muy del hombre; conclusión, no hablemos de ninguno de los tres, vamos a guardarlos en una cajita del corazón para que no se nos gasten, para poder olerlos cuando seamos reviejos, para que cuando nos entierren no nos quiten lo único que podemos llevarnos de este mundo, lo bailado.
El despelote de los sentidos es sólo eso, el despelote de los sentidos; no le demos más importancia porque no tiene más..., ni menos. Debajo de las sábanas existe todo un universo en el que no debemos entrar si no hemos sido invitados.

Lo único cierto es que todo esto del amor y sus demonios es un lío. Así que dejemos que las mariposas de la sangre sobrevuelen el cimiento de hormigón del alma y que el cimiento de hormigón del alma se construya en mitad del despelote de los sentidos y que el despelote de los sentidos y el cimiento en el alma y las mariposas de la sangre sean, juntos o por separado, muy felices y coman muchas perdices.
Sí amigos, dicen, y seguro que aciertan, que la vida son dos días y uno está lloviendo. Así que manos a la obra que mañana llueve.

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