Femenino y masculino del plural
Al fin y al cabo, no hay tanta diferencia entre hombres y mujeres. En la noche de los tiempos a ambos se nos condenó a buscar la felicidad por los siglos de los siglos. Da igual si ellas o ellos usan más el hemisferio derecho o el izquierdo de la sesera. Unos y otros aterrizamos en la Tierra en pelota picado, y crecemos y lloramos y reímos y nos morimos a regañadientes.
Caminantes sin sendero, somos; errabundos de pacotilla, elfos de espíritu por obra de santa fantasía, buena gente en el fondo con mal resultado en la superficie, genios incapaces de investigar un suspiro; animales capaces de llegar a la Luna, eso somos, mujeres y hombres.
Y aquí estamos. Todos juntos y revueltos en cuanto se puede. Aunque, a ratos, se nos sale la bestia por la boca y rebuznamos un “¡Mujer tenías que ser!”, o un “Todos los hombres sois iguales”, sin caer en la cuenta de que dos y dos son cuatro mil piedras en nuestro propio tejado. En realidad, es lo mismo decir profesor que profesora, taxista que taxista, panadero que panadera, miserable que miserable, mezquino que mezquina. Ahí están todos los que están y son todos los que son: nosotros mismos, mismamente. ¿A qué viene, entonces, tanta rivalidad malsana en ocasiones?
Con independencia del sexo a cual se pertenezca, el dolor, duele. Una lágrima tiene el mismo sabor en un rudo rostro que un rostro barbilampiño; la pérdida de un ser querido anuda el corazón en un pecho de pelo en pecho o sin pelo;
un revés bien dado del destino tumba al de esta acera y al de la acera de enfrente; la policía nos cachea a nosotras y a vosotros; una sonrisa desinfecta una herida masculina o femenina; cuando se funde dos cuerpos ya no se aprecia quién es quién; y, lo más importante, si nos agarramos fuerte de las manos somos uno y no nos moverán. “A las niñas besitos”, decían papá y mamá. Sí, eso está bien, a las niñas besitos. Pero también se dan besitos a los niños y a los viejos y a los jóvenes y al chico del primero que tiene mal de amores y a la señora del tercero que le duele el alma cuando la insulta su marido y a cada una de las personas que pueblan y enriquecen nuestro paso por la vida. Besos, besitos para todos en la pupa.
Y es que, al fin y al cabo, no hay tanta diferencia entre hombres y mujeres.
Seres humanos, somos; caminantes sin camino, sentenció el poeta. Así que a andar juntos y a ser posible revueltos, aplastando a patadas las espinas. Sin menospreciar el sexo de quien acompaña nuestros pasos en la niebla; sin faltarnos al respeto; sin darnos de hostias por las esquinas; sin pisotearnos el corazón ni los sentimientos ni la confianza en el prójimo ni esa felicidad esquiva y zorruna que ambos fuimos condenados a buscar en el confín de los tiempos. A ver si de una vez por todas en este maltrecho siglo XXI, conseguimos hacernos el amor, y no la guerra.
Besos a todos.

lucas dijo
Hombres, mujeres, negros, blancos, chinos, colombianos, españoles, altos, bajos, catolicos, musulmanes, budistas y talibanes.
Todos vamos en este barco por el universo, sin saber de donde venimos ni para donde vamos. Lo que importa es que ahora, aquí estamos.
Tratémonos bien carajo!
9 Septiembre 2005 | 02:43 PM