El acoso del Arte
No hay en mi cuerpo ni un agujero más de los que me otorgó mamá Natura. Y eso me fastidia. Reconozco que siempre he deseado llevar un piercing en el ombligo. Uno pequeño, un brillante de esos minúsculos o, tal vez, una piedrecita azul.
No sé, algo como lo que llevaba Patricia Arquette en Amor a quemarropa, un contraste con la piel, una disparidad.
Eso no es todo: reconozco, asimismo, que todo tatuaje llama mi atención. Cuánto más rebuscado, mejor; un jeroglífico egipcio, un delfín turquesa, una rosa con dos gotas de rocío, un ornitorrinco, una nota musical. Por mí, me tatuaría en el interior del muslo unas pocas letras de la novela (nivola, que diría Unamuno) Niebla, o me dejaría dibujar en la espalda esa maravilla a la que la santa voluntad de Dalí dio en llamar Galatea de las esferas. Aunque, en honor a la verdad, me conformaría con una minúscula cabeza de unicornio en el tobillo izquierdo.
Sin embargo, sé que eso no es ni será posible.
Tengo un pánico visceral a que me perforen, horror a los pinchazos. Y no puedo ni quiero superarlo. En lo inverosímil, mi piel sólo esconde un lunar y unas pocas pecas rivalizando posiciones con la Osa Mayor. Eso es todo.
Y al atardecer, cuando el Sol se cae en la Tierra, me pinto la sonrisa mientras me pregunto por qué, muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Y al anochecer, cuando la Luna se lava la cara en la mar, pinto graffitis por las esquinas mientras pienso por qué, la Musa, me habla de ese hombre ingenioso que vagó tanto tiempo, después de haber destruido la ciudadela de Troya.
Y al amanecer, cuando la aurora empuja la noche a brochazos malvas, sobrevivo al orgasmo y me pregunto por qué, en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero. Es entonces cuando se me desdibuja el rostro en un suspiro, y me fastidio y me aguanto y me jodo y asumo y tolero esta estúpida cobardía que no me permite tener ni un piercing ni un tatuaje... físico.

rey sombra dijo
Físicos, tú lo has dicho. Bastantes agujeros, arañazos, ¿tatuajes? tenemos ya en el alma. Personalmente, prefiero un cuerpo "liso", moldeado por el día a día, no por las agujas.
1 Septiembre 2005 | 11:26 AM