Gritar antes de tiempo no sirve para nada. Decir que viene el lobo si todavía no asoma las orejas es tarea tan inútil, o más, que gritar cuando se te está comiendo el dedo gordo del pie. Es importante soltar el alarido en el momento justo, con infinitesimal precisión.
No debería ser así. Aunque, ya puestos a pedirle rábanos al ciruelo, lo suyo sería que no existieran motivo para poner el grito en las nubes. Por ejemplo: el dichoso animalito de la vecina ya no ladra de madrugada; el puto niño se ha comido toda la verdura sin rechistar; el conductor del autobús ha arrancado con suavidad de ángeles y hoy no me he ido de bruces al suelo; un químico le ha quitado al tabaco toda la nicotina y el alquitrán... y sabe incluso mejor; desde mañana cada uno entra al trabajo a la hora que le place y se va cuando le sale del alma; con el chocolate no se engorda ni un gramo; cuanto más viejo más guapo y más fuerte estoy; no sé qué hacer con tanto dinero, y con tanta inteligencia que me regaló mamá Naturaleza; ya nadie se muere de hambre en el mundo; han terminado las guerras; todos somos igual de iguales.

¡Ya nos gustaría, ya!

¡Criaturillas!

Pero no son las cosas precisamente así. Las más de las veces aguantamos chuscos de pico sin decir esta boca es mía. Total, si quejarse no sirve de nada, si el mundo anda del revés para mí y para el vecino. ¿De qué vale gritar socorro en un planeta donde todos andan con el agua al cuello?. Y callamos y otorgamos, mientras el día a día nos demuestra que en boca cerrada no entran moscas, que calladitos estamos más guapos, que en silencio se vive más tranquilos, que levantar la voz es directamente proporcional a tener problemas y que los mandamás de la Tierra no necesitan a nadie para solucionar asuntos.

Y nos quedamos mudos y se nos va domando el grito.

Aunque, no hace falta ser muy listos para saber que algo huele a podrido bajo la alfombra. Para mí, que los mandamás la están cagando. Los niños se no mueren de hambre y nos matan en las guerras como a ratas y nos instalan nucleares a la vuelta de la esquina y nos contaminan los mares y nos ahogan la voz y nos asfixian la rebeldía. ¡Y ya está bien, puñetas! Ha llegado el momento del aullido; el lobo ya hace rato que se nos come el dedo gordo del pie.

Por tanto, vamos a tener que gritar; dar alaridos como locos, decir que la Tierra es de todos y cada uno, que es de los listos y de los tontos; de los guapos y de los feos; de los cultos y los incultos; de los cantamañanas y de los rompepelotas; de los viejos y de los jóvenes; de los religiosos y de los ateos; de los que viajan en Mercedes y de los que viajan en patera; de los que trabajan y de los que están en paro; de los valientes y de los que tienen miedo; de los sin techo y de los con chalets; del hombre y de los animales; de los blancos y de los negros; de los del norte y de los del sur; de los homosexuales y los heterosexuales; de los gordos y de los flacos; de los sanos y de los enfermos.

De todos.

Así que, de momento, yo me voy a asomar a la ventana y voy a decir a grito pelado algo que llevo mucho tiempo con unas ganas locas de soltar:

¡¡AQUÍ CABEMOS TODOS O NO CABE NI DIOS!!