Seres racionales, de los que consumen las raciones en los bares
Un beso es un acto muy íntimo. Una mujer y un hombre (o una mujer y una mujer, o un hombre y un hombre, o un axalotl y una axalotl) entreabren la boca, entrecierran los ojos, pegan los labios como ventosas, preparan la lengua y se dan una friega otorrinolaringóloga de padre y muy señor mío. Así es un beso, un intercambio espeso de fluidos gástricos, a lo peor, entre dos desconocidos; un trasvase de baba extraña, a lo peor, después de haber ingerido diez cubatas de garrafón; cuarto y mitad de saliva ajena nadando en tu propia saliva. Sí señor, así es un beso... visto desde fuera, desde el otro lado de la historia.
Pero, ay Caperucita, para el interesado el cuento es otro. El interesado entreabre la boca con un temblorcillo tonto de barbilla, entrecierra los ojos para que no le moleste el mundo, implora la religión de Santa Ventosa y avanza la lengua en la esperanza de tropezarse con Dios Padre y muy Señor mío. Entonces, se le materializa el beso. Se le hace carne de su propia carne, intercambio ansioso de fluidos, desasosegado trasvase de baba a la sangre de sus venas, saliva ajena en el interior del alma. En ese momento, el desconocido deja de ser un desconocido y la fabada sabe a maná y los vapores dulces del alcohol lo transportan nadando al séptimo cielo. Y es que los seres humanos somos las criaturillas más extrañas que parió mamá Naturaleza. Del asco a la pasión sólo nos separa un beso; del odio al amor, el paso para besarse.
Acaso, la culpa de tantas y tan dolorosas contradicciones sea de la cultura social que nos amamanta. Desde que es hombre el hombre y pudo bajarse del árbol, quiso, tal vez por orgullo, separarse y ser distinto de aquellos que continuaron en las ramas. Inventó el fuego para no comer carne cruda como los animales, pero seguía comiendo carne. Hizo viviendas y encerró sus instintos de puertas para adentro, pero fue gorila en jaula. Se cubrió el cuerpo con Christian Dior y con Armani, pero se le continuaba tensando la entrepierna frente al otro sexo (o frente al mismo sexo o frente a los axolotl). Y, en lucha suprema con su naturaleza, el hombre dijo que dijo Dios: “No desearás a la mujer de tu prójimo”, pero inventó el beso. Porque, en realidad, ¿qué necesidad tenemos de besarnos? Si nos apetece un abrazo, nos abrazamos; si nos cansa mirar, a sobarse toca; si ruge la sangre, a la cama; si es necesario el consuelo, nos acariciamos hasta la rabadilla; a los amigos se les tiende la mano. ¿A qué viene el beso, entonces? ¿Cuál es su esencia? ¿Cuál su utilidad?
Hace ya muchos, muchos siglos, el señor Ptolomeo aventuró que el hombre estaba a mitad de camino entre los dioses y las bestias. Pues bien, amigos, ahí continuamos, no nos hemos movido un ápice. Ni más arriba ni más abajo, a mitad de camino, justo. Un tira y afloja e
ntre Dios y bestia que nos hace rechinar los dientes de dolor, que nos mantiene en perpetua guerra con nosotros mismos, que crea culpabilidades de animal y prepotencia divina. Y en medio de todo, el hombre. Y en medio del hombre la sociedad creada por el hombre, los buenos modos, lo políticamente correcto, la cuchara y el tenedor, las bragas, el jefe, los tipos de interés, la cirugía estética, el condón y Hacienda que somos todos. ¡Qué gran esfuerzo nos cuesta ser civilizados cuando la cabra tira al monte! ¡Cuánto molestan las tanguitas con lo cómodo que está el culo al aire! ¡Quién nos mandaría bajarnos del árbol!
Del otro lado está la parte “dios”. Y para colmo de males, también esta parte se nos retuerce por dentro y nos exige su dosis de satisfacción y tiene hambre de música y de letra impresa y de arte y de sensibilidad y añora la creación y piensa luego existe y busca la inmortalidad que le corresponde. Y duele y me duele y te duele tanta lucha interna, tanta guerra encerrada en 1800 cm3 de capacidad craneana, tanta lid entre neurona y sangre. Como siempre, en medio de todo, el hombre. Y en medio del hombre la gran contienda a ver quién se lleva el gato al agua, a ver quién tira o afloja más: dios o bestia. ¿Se nos irá la cabra al monte o vendrán más ovejitas Dolly? ¿Sabe alguien si pertenecemos al árbol o al Olimpo? ¿Nos dejará la capa de ozono con el culo al aire antes de saber quiénes somos, de dónde venimos y por qué usamos tangas?
Manda narices.
Bueno, da igual. Entretanto, los hombres hemos descubierto algo muy íntimo que no es de dioses ni es de bestias: las bestias follan (¿sinónimo?) y los dioses tienen sentimientos sublimes. Nosotros practicamos las dos cosas; sólo que, además, incomprensiblemente hemos inventado el beso, que no es lo que se dice follar ni es lo que se dice sublime, pero que tiene mucho de ambas cosas. Y lo mejor de todo, señores, es que no pertenece ni a los dioses ni a las bestias: es sólo nuestro. Del hombre.


hulandron dijo
Veo que ya se te ha pasado lo de Villaricos. Me alegro chica.
Yo me hubiera quedado en lo alto de árbol pero no había conexión a internet.
Un saludito grande.
15 Agosto 2005 | 03:14