Bienvenido Mr. Cine
Cuando uno anda de capa caída, lo mejor es irse al cine. Esa es la receta más eficaz contra la acidez del día. Veinticuatro imágenes por segundo y ángulos y sombras y sonido. Y todo ello compinchado en algún punto del cerebro con el único fin de ofrecer placer, puro placer a solas con nosotros mismos.
Porque una película se discute después, nunca en el momento. In situ estamos solos, manipulado únicamente por el brote de emociones internas. Así es el cine, un entramado sagaz destinado a inquietar a cualquier individuo con independencia de edad, sexo, condición o leche.
Se puede decir que sucedió en Francia un 28 de diciembre de 1895, donde, a pesar del frío propio de la fecha o tal vez gracias a ello, un grupo de personas reunidas en el sótano del Gran Café de París pagaron, por primera vez, para ser testigos del espectáculo propuesto por una cámara y dos hermanos: Louis y Auguste Lumiére. Acababa de nacer el cine. A partir de aquí, la semilla lumierana arraigó y trasladó la magia hasta millones de salas de espectaboquiabiertos. Y es que hemos de reconocer que los Lumiére no sólo inventaron el cine, sino que materializaron los sueños colgándolos a dos palmos de nuestras narices. ¿Puede alguien asegurar, acaso, que no voló a la luz de la luna llena con un marciano en la canastilla de su bicicleta? ¿En ocasiones, no vemos todos muertos? ¿Quién se quedó fuera cuando Jack Lemon abrió la puerta de aquel apartamento tan solicitado? ¿No se nos escapó una lagrimita ante la anciana que vendía cocaína para alegrar económicamente los últimos años de su marido enfermo? ¿Puede alguien decir que no ha corrido de la mano de Hitchcock perseguido de mil pájaros? Pues ahí está el sortilegio. En dejar fluir la emoción, en soñar a pierna suelta junto al desconocido de la butaca de al lado, junto a ese montón de corazones que laten al unísono en la misma sala; es algo no conseguido nunca por ninguna religión ni ideología, algo negado a políticas e instituciones varias; algo que sólo consiguieron dos hermanos, dos magos. Ellos legaron a la humanidad la madeja con la cual tejer sus sueños unidos.
Por eso, cuando se anda de capa caída lo mejor es irse al cine. ¡Al cine, sí señor! Al País del Nunca Jamás, `Al este del Edén´. A contemplar como discurre `El largo río de la vida´ a nuestro lado y nos salpica de esa `Dolce vita´ que la pupila abarca entre sorprendida y extasiada. A desbordar la rutina allá donde Lawrence de Arabia es sólo un punto en el desierto. A abandonar la tragedia personal frente a esa desgraciada criatura creada en un laboratorio con trozos de cadáveres. A graduarse con Dustin Hoffman. A buscar la milana bonita junto a Francisco Rabal. A bailar con lobos hambrientos de emociones seguras. A dejarnos llevar por unos `Amores perros´. A volar por la ventana `Mar adentro´. A ayudarle a matar malos a `León el profesional´. Así, sin ningún riesgo. La mejor manera de atravesar las leyes de la gravedad y del tiempo hacia adelante y hacia atrás. Cualquier cosa que la mente pueda imaginar, es posible. Un espacio donde el señor Lobo da instrucciones precisas para limpiar un coche de sesos desparramados; donde la Estatua de la Libertad aparece en la arena de una extraña playa; donde las bestias enamoran a las bellas; donde Sam aún continúa tocando en `Casablanca´. Toda emoción es aceptable en el mundo del celuloide. Igual puedes reír a moco tendido mientras tomas una tacita de `Arsénico por compasión´, que puedes notar en la piel la calamidad de ser `El hombre elefante´, que entrar en un monasterio donde los monjes envenenan las páginas de los libros prohibidos, que atravesar de la mano de Coppola el umbral de un castillo en Transilvania, que conocer a `Viridiana´ o el ay de Carmela. A gusto del consumidor, a su elección. Basta un desembolso simbólico para tener acceso. Pasar por taquilla asegura `El viaje a ninguna parte´, al mundo de la emoción sintética y segura. Una entrada a otro universo de la mano de Stanislavski y resguardados de todo mal físico. ¿Quién ofrece más por menos?
No le des más vueltas, si te ha dejado tu pareja, si te apetece llorar sin dar el cante, si tienes la mandíbula oxidada del tiempo que hace que no te ríes... al cine, hombre. Visita el `Imperio de los sentidos´, atrévete a bailar con Marlon Brando `El último Tango´; conviértete en Clint Eastwood y pasea con `Dos mulas y una mujer´; desayuna con diamante por una vez en la vida. Decídete a ser tú el protagonista. Dispara, corre, tiembla, ama, jode, mata. Llega a la `Ciudad de Dios´, recorre `La milla verde´ y apresúrate `Al final de la escalera´. Ánimo amigo. Sube. Asómate a `La ventana indiscreta´ y mira; mira con atención, porque eso que ves allá abajo, al borde de un ataque de nervios... son tus sueños.
Gracias por esa otra vida a Louis y Auguste Lumiére.

utopista dijo
CIUDAD DE DIOS me impactó, y todo el cine de GRENNAWAY y de David LYNCH.
13 Agosto 2005 | 03:51 AM