Hay que ver lo caprichosa que es la vida. De cada diez, nueve veces nos lleva la contraria: si decimos blanco, ella se pone negra, negra; si soñamos, nos da una patada de realidad en el trasero; que estamos hartos de tanta jilipollez, a vivir como higos chumbos cien añitos de nada; y si se nos amontona el trabajo y no damos abasto y un mundo por apañar y la casa por barrer, ojo, peligro, ése es el momento en que nos mata.

En cuanto nacemos, pequeños y desvalidos para dar pena a la vida, comienza la carrera a ningún sitio. Hay que aprender a andar, a hablar, a decir la tabla del siete, a conocer los colores de los Teletubbies, a leer las onomatopeyas de los bichos de una granja, a llorar para mamar y a soportar que Pedrito sea más listo/a y más guapo/a y más todo que tú. En esa época todavía nos dan más miedo los muertos que los vivos y los armarios abiertos más miedo que los cerrados: ¡qué criaturillas! Peor se presenta la época de la pubertad. Al asegurar que daríamos cualquier cosa por ser jóvenes otra vez, de ninguna de las maneras queremos referirnos a ese periodo toca narices de la existencia. En él, una ristra absurda de complejos nos mantiene absortos en nuestro propio ombligo: que si vaya pelos, que si las espinillas, que si las orejas en soplillo picado, que si hay que ver San Dios lo chica que la tengo, que si anda mamá y no seas así y deja que me tatúe un pato en el cogote. Será un sufrimiento tonto, pero se sufre, oye.
Y como todo llega y todo pasa y es hombre el hombre por vocación antes que por condición, se va este disparatado sufrir a todas horas de la pubertad y, antes de que la adolescencia tenga tiempo de cambiar el mundo en un ataque de utopía, viene doña realidad con un trabajo y unos hijos y un sin fin de facturas bajo el brazo; y ahora sí que nos amarra y ahora sí que nos aprieta pero no nos ahoga la muy... vida. Así (o casi así) es como nos mantiene entretenidos para que no la veamos pasar.

Pero nosotros, los hombres, que somos hombres por condición, por vocación y por leche, guardamos un as en la manga: amamos con pasión la vida. Y, como buenos amantes, le buscamos el placer a toda costa. Y si se cierra de piernas, con más ganas. Y si se pone negra, le gritamos blanco de cojones y le metemos mil sueños en el trasero y vivimos como higos chumbos doscientos años si se tercia y no barremos la casa ni apañamos el mundo... por si acaso.

Así que, arriba, hombres, vamos a vivir. A vivir sin miedo, con el costado al aire para que se nos salen las heridas, con dos pares de ánimos bien puestos. Vamos a demostrarle que si ella es perra con nosotros, nosotros resistimos dolor con risa; tristeza, con paciencia de santo; cuernos, con los dientes apretados; desamor, con poesía; enfermedad, con ya verás que me curo; apatía, con música; no aguanto un palo más, con un buen vendaje en las costillas; ataque de realidad, con un vistazo a la Luna; no me quiere ni Dios, con siete pajas y un “tú te lo pierdes”; rabia, con beso; puntapié, con me levanto de nuevo; y si se me come la desidia y no puedo con el alma y me duele respirar y tengo la mandíbula oxidada del tiempo que hace que no me río, entonces..., entonces no sé con qué resistimos, pero resistimos.

Porque al hombre, señores, no lo creó Dios, ni proviene de la evolución de las especies, ni lo dejaron aquí por error los extraterrestres; el hombre se desprendió de un trozo de desafío. Sí. Así es señores. Hace millones y millones de años, más cerca de los tiranosaurios y los iguanodontes que de las lagartijas, apareció un ser insignificante, sin garras, sin colmillos, sin rugido feroz y con un lastre de sentimientos en las venas que lo traían a mal traer (que si quién soy y que si de dónde vengo, que si cómo diablos se hará una flor, que si por qué el tan azul del mar azul...). Lo cierto, es que nada apostaba por su pellejo escuálido. Pero él, el ser insignificante, jamás se daba por vencido y susurraba blanco entre dientes y soñaba poesía y prefería vivir trescientos años como un higo chumbo con tal de no morirse nunca: era el hombre.
Y desde entonces, por aquí andamos. Unas veces mejor y otras peor. Con nuestras grandezas y nuestras miserias. Aguantando chuscos de pico mientras amamos, lloramos, reímos, soñamos, odiamos, creemos, esperamos, desesperamos y añoramos. Aquí estamos, alzados como tentetiesos.