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Terra
La Coctelera

La escalera de Jacob Hombre

¿Por qué leer?: porque yo lo valgo, tú lo vales, él lo vale, nosotros lo valemos, vosotros lo valéis, ellos lo valen.

¿Por qué oír música?: porque yo sueño, tú sueñas, él sueña, nosotros soñamos, vosotros soñáis, ellos sueñan.

¿Por qué estudiar?: porque yo lo merezco, tú lo mereces, él lo merece, nosotros lo merecemos, ellos lo merecen.

¿Por qué ir al cine?: porque yo vuelo, tú vuelas, él vuela, nosotros volamos, vosotros voláis, ellos vuelan.

¿Por qué pensar?: porque yo jodo, tú jodes, él jode, nosotros jodemos, vosotros jodéis, ellos joden.

Lee, escucha música, estudia, ve al cine y piensa si quieres aprender a ser libre.

Femenino y masculino del plural

Al fin y al cabo, no hay tanta diferencia entre hombres y mujeres. En la noche de los tiempos a ambos se nos condenó a buscar la felicidad por los siglos de los siglos. Da igual si ellas o ellos usan más el hemisferio derecho o el izquierdo de la sesera. Unos y otros aterrizamos en la Tierra en pelota picado, y crecemos y lloramos y reímos y nos morimos a regañadientes. Caminantes sin sendero, somos; errabundos de pacotilla, elfos de espíritu por obra de santa fantasía, buena gente en el fondo con mal resultado en la superficie, genios incapaces de investigar un suspiro; animales capaces de llegar a la Luna, eso somos, mujeres y hombres.

Y aquí estamos. Todos juntos y revueltos en cuanto se puede. Aunque, a ratos, se nos sale la bestia por la boca y rebuznamos un “¡Mujer tenías que ser!”, o un “Todos los hombres sois iguales”, sin caer en la cuenta de que dos y dos son cuatro mil piedras en nuestro propio tejado. En realidad, es lo mismo decir profesor que profesora, taxista que taxista, panadero que panadera, miserable que miserable, mezquino que mezquina. Ahí están todos los que están y son todos los que son: nosotros mismos, mismamente. ¿A qué viene, entonces, tanta rivalidad malsana en ocasiones?

Con independencia del sexo a cual se pertenezca, el dolor, duele. Una lágrima tiene el mismo sabor en un rudo rostro que un rostro barbilampiño; la pérdida de un ser querido anuda el corazón en un pecho de pelo en pecho o sin pelo; un revés bien dado del destino tumba al de esta acera y al de la acera de enfrente; la policía nos cachea a nosotras y a vosotros; una sonrisa desinfecta una herida masculina o femenina; cuando se funde dos cuerpos ya no se aprecia quién es quién; y, lo más importante, si nos agarramos fuerte de las manos somos uno y no nos moverán. “A las niñas besitos”, decían papá y mamá. Sí, eso está bien, a las niñas besitos. Pero también se dan besitos a los niños y a los viejos y a los jóvenes y al chico del primero que tiene mal de amores y a la señora del tercero que le duele el alma cuando la insulta su marido y a cada una de las personas que pueblan y enriquecen nuestro paso por la vida. Besos, besitos para todos en la pupa.

Y es que, al fin y al cabo, no hay tanta diferencia entre hombres y mujeres. Seres humanos, somos; caminantes sin camino, sentenció el poeta. Así que a andar juntos y a ser posible revueltos, aplastando a patadas las espinas. Sin menospreciar el sexo de quien acompaña nuestros pasos en la niebla; sin faltarnos al respeto; sin darnos de hostias por las esquinas; sin pisotearnos el corazón ni los sentimientos ni la confianza en el prójimo ni esa felicidad esquiva y zorruna que ambos fuimos condenados a buscar en el confín de los tiempos. A ver si de una vez por todas en este maltrecho siglo XXI, conseguimos hacernos el amor, y no la guerra.

Besos a todos.

A ella se le agolpaba el clémiso

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpaso en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

No, no es mío (qué más quisiera yo): lo dijo Julio Cortázar en el Capítulo 68 de Rayuela, y dicho está.

El acoso del Arte

No hay en mi cuerpo ni un agujero más de los que me otorgó mamá Natura. Y eso me fastidia. Reconozco que siempre he deseado llevar un piercing en el ombligo. Uno pequeño, un brillante de esos minúsculos o, tal vez, una piedrecita azul. No sé, algo como lo que llevaba Patricia Arquette en Amor a quemarropa, un contraste con la piel, una disparidad.

Eso no es todo: reconozco, asimismo, que todo tatuaje llama mi atención. Cuánto más rebuscado, mejor; un jeroglífico egipcio, un delfín turquesa, una rosa con dos gotas de rocío, un ornitorrinco, una nota musical. Por mí, me tatuaría en el interior del muslo unas pocas letras de la novela (nivola, que diría Unamuno) Niebla, o me dejaría dibujar en la espalda esa maravilla a la que la santa voluntad de Dalí dio en llamar Galatea de las esferas. Aunque, en honor a la verdad, me conformaría con una minúscula cabeza de unicornio en el tobillo izquierdo.

Sin embargo, sé que eso no es ni será posible. Tengo un pánico visceral a que me perforen, horror a los pinchazos. Y no puedo ni quiero superarlo. En lo inverosímil, mi piel sólo esconde un lunar y unas pocas pecas rivalizando posiciones con la Osa Mayor. Eso es todo.

Y al atardecer, cuando el Sol se cae en la Tierra, me pinto la sonrisa mientras me pregunto por qué, muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Y al anochecer, cuando la Luna se lava la cara en la mar, pinto graffitis por las esquinas mientras pienso por qué, la Musa, me habla de ese hombre ingenioso que vagó tanto tiempo, después de haber destruido la ciudadela de Troya.

Y al amanecer, cuando la aurora empuja la noche a brochazos malvas, sobrevivo al orgasmo y me pregunto por qué, en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero. Es entonces cuando se me desdibuja el rostro en un suspiro, y me fastidio y me aguanto y me jodo y asumo y tolero esta estúpida cobardía que no me permite tener ni un piercing ni un tatuaje... físico.

¿Qué hay en el baúl de los recuerdos?

Aunque al escribir no se note nada extraño, al hablar, ceceo. Suele ocurrir cuando se es andaluza, más concretamente de Málaga. Los malagueños estamos escondidos al sur de la Península y pertenecemos a la Comunidad Autonómica de Andalucía. El Mediterráneo nos lame de azul los pies y sobrellevamos con paciencia una corona de sol y más sol y toma sol y siempre sol. Un fenómeno muy típico aquí es el terral, o, lo que es lo mismo, un vientecillo caliente que espanta al mismísimo diablo y consigue que vayan a la playa hasta los gatos; cuando hay terral, ¡todo el personal al agua! Qué remedio.
Somos ciudad antigua. Llevamos en estos lares más años que Cristo, y no lo digo por decir; de hecho, Málaga fue fundada en el siglo VIII a. C. Por aquí han pasado muchos pueblos, muchos, muchos. Y de todos ellos damos fiel testimonio. Pasaron en su día los fenicios, pasaron los cartagineses, pasaron los romanos y pasaron los árabes (ahora mismo están aquí los McDonalds). El rastro de tal devenir histórico es un rosario de castillos, juderías, alcazabas árabes, anfiteatros romanos del año tropecientos hacia atrás y otras exquisiteces arquitectónicas que el forastero paladea y los niños odian aprender en los colegios. Tal vez este trasvase continuo de pueblos y culturas, junto a que somos ciudad turística por obra y gracia de la Costa del Sol, es lo que ha hecho de las gentes de Málaga, gente abierta, acostumbrada al visitante. Eso sí, que nadie haga ruido a la hora de la siesta, eh; menudo disgusto nos llevamos.
Cuando vienen los guiris (definición de guiri: turista extranjero) y asaltan las tiendas de souvenir (definición de souvenir: tontería pequeña y sin uso que sólo sirve para demostrarle a los amigos dónde estuvimos en vacaciones), el objeto más preciado es el Cenachero, que no es sino una miniatura de una escultura en bronce creada por Jaime Pimentel en 1968, y que, ahora, además de ser símbolo de la ciudad, vigila desde su posición privilegiada El Puerto y El Paseo de la Farola (definición del Paseo de la Farola: lugar apartado donde no hay ni una farola y las parejas ronronean su amor al amparo de las sombras de la noche). Por demás, bares, muchos bares, todos los bares del mundo: chiringuitos, tascas, cantinas, campanas, tabernas, peñas, cafeterías, terracitas de verano (odio tener que hacer otra definición tal cual, pero el nombre induce a error: terracita de verano, es aquel bar que coloca sus mesas en la puñetera calle, a fin de descubrir si los peatones van atentos y no tropiezan).

A mí me gustan mucho las campanas y los chiringuitos. La condición indispensable del chiringuito es que esté construido a pie de playa. En él se puede degustar, a precio módico, boquerones rebozados, pulpo, calamares, espetos de sardinas, jureles, almejas al ajillo y arena por todas partes. Últimamente, se ha puesto de moda ir a los chiringuitos de noche, y, como las personas somos de ir adonde va Vicente, allá que trasponemos todos a comer pescado a oscuras junto a las olas del mar. Las campanas son más baratas que los chiringuitos. Están repletas de inmensos toneles y en ellas se degustan mil y un vinos de la tierra con marisco a precio de saldo. Bueno, pues ya puestos a hablar de comida, son platos típicos de estos andurriales la ensalada de naranjas con bacalao, el ajoblanco, los pajaritos fritos (no os asustéis que son pimientos), el gazpacho, la porra antequerana, el salmorejo, la tortilla de patatas, la sangría, el cartojal, las pasas en aguardiente, las migas y la hamburguesa doble del McDonald con ración de patatas fritas precongeladas y coca-cola light.

Aparte de la mesa lugareña, es de obligado deber para el turista visitar la casa natal de Pablo Ruiz Picasso, y su museo. Cuando se habla del Museo Picasso, los malagueños nos inflamos como pavos reales. Hasta los bebés te indican con su dedito índice por dónde debes ir. En total se pueden contemplar 204 obras entre pinturas, grabados, esculturas, cuadernos, cerámicas y dibujos. Para albergar semejante patrimonio, la Junta de Andalucía compró el Palacio de los Condes de Buenavista, un edificio típicamente andaluz del siglo XVI, que durante años fue la sede del Museo de Bellas Artes. La casa natal de este pintor está ubicada en La plaza de la Merced, lugar éste que, vete a saber por qué oscuros designios del destino, ha sido escogido por las huestes para el botellón prohibido de los sábados. Allí, en la plaza, siempre aletea tenue fragancia a plantas: de día desprenden su aroma los geranios en flor y de noche los canutos de marihuana.
Más calles donde conviven en paz el sabor añejo de la Historia y el día a día, son la Alameda, Calle Larios, la Plaza la Marina, la Plaza la Constitución (hasta hace poco Plaza de José Antonio Primo de Rivera), Calle San Agustín, Calle Comedias, El paseo de los Curas... Y todas van a desembocar, sin remedio, a la Catedral. Puedes andar hacia el Norte o hacia el Sur, entrar por Calle Córdoba o por Calle Compañía, estar atento o ir a la deriva, el caso es que, quieras o no quieras, tus pasos terminaran en la Catedral. Debe ser cosa de hechizos. Fue mandada construir por los Reyes Católicos cuando éstos le conquistaron la ciudad a los árabes, y la levantaron sobre la original Mezquita Mayor de la ciudad. Su construcción duró siglos, siendo iniciada en 1528 y concluida en 1782 (con las obras ya se sabe, mejor no empezar). Sin embargo, una de sus torres quedó inacabada, por lo que los malagueños la hemos bautizado como “la manquita” (ya nos vale).
Ahora no se vive mal por aquí, desde que se nos murió el tito Paco (Dios lo tenga en sus mazmorras para que no se escape) parece que hemos levantado cabeza. Y no sólo en Málaga, en España entera. Pero no siempre ha sido así. La memoria de nuestros mayores habla de necesidad y de miedo, de guerra y de hermano contra hermano, de emigración y de dolor, de mordazas y de censuras, de torturas y de exilios, de muertes sin conciencia y del carnicerito de Málaga, del Ay Carmela y del Cara al Sol. Si me dieran a elegir a mí, borraría, de todas y cada una de las doloridas mentes, tanto mal rollo y tan mal sabor de vida. Pero dicen los más viejos que no debo decir tal cosa ni en broma, que todo lo contrario, que el olvido es malo, que debo recordar siempre, siempre. Porque sólo el recuerdo asegura que esa historia no se vuelva a repetir.

No me chilles que no te veo

Gritar antes de tiempo no sirve para nada. Decir que viene el lobo si todavía no asoma las orejas es tarea tan inútil, o más, que gritar cuando se te está comiendo el dedo gordo del pie. Es importante soltar el alarido en el momento justo, con infinitesimal precisión.
No debería ser así. Aunque, ya puestos a pedirle rábanos al ciruelo, lo suyo sería que no existieran motivo para poner el grito en las nubes. Por ejemplo: el dichoso animalito de la vecina ya no ladra de madrugada; el puto niño se ha comido toda la verdura sin rechistar; el conductor del autobús ha arrancado con suavidad de ángeles y hoy no me he ido de bruces al suelo; un químico le ha quitado al tabaco toda la nicotina y el alquitrán... y sabe incluso mejor; desde mañana cada uno entra al trabajo a la hora que le place y se va cuando le sale del alma; con el chocolate no se engorda ni un gramo; cuanto más viejo más guapo y más fuerte estoy; no sé qué hacer con tanto dinero, y con tanta inteligencia que me regaló mamá Naturaleza; ya nadie se muere de hambre en el mundo; han terminado las guerras; todos somos igual de iguales.

¡Ya nos gustaría, ya!

¡Criaturillas!

Pero no son las cosas precisamente así. Las más de las veces aguantamos chuscos de pico sin decir esta boca es mía. Total, si quejarse no sirve de nada, si el mundo anda del revés para mí y para el vecino. ¿De qué vale gritar socorro en un planeta donde todos andan con el agua al cuello?. Y callamos y otorgamos, mientras el día a día nos demuestra que en boca cerrada no entran moscas, que calladitos estamos más guapos, que en silencio se vive más tranquilos, que levantar la voz es directamente proporcional a tener problemas y que los mandamás de la Tierra no necesitan a nadie para solucionar asuntos.

Y nos quedamos mudos y se nos va domando el grito.

Aunque, no hace falta ser muy listos para saber que algo huele a podrido bajo la alfombra. Para mí, que los mandamás la están cagando. Los niños se no mueren de hambre y nos matan en las guerras como a ratas y nos instalan nucleares a la vuelta de la esquina y nos contaminan los mares y nos ahogan la voz y nos asfixian la rebeldía. ¡Y ya está bien, puñetas! Ha llegado el momento del aullido; el lobo ya hace rato que se nos come el dedo gordo del pie.

Por tanto, vamos a tener que gritar; dar alaridos como locos, decir que la Tierra es de todos y cada uno, que es de los listos y de los tontos; de los guapos y de los feos; de los cultos y los incultos; de los cantamañanas y de los rompepelotas; de los viejos y de los jóvenes; de los religiosos y de los ateos; de los que viajan en Mercedes y de los que viajan en patera; de los que trabajan y de los que están en paro; de los valientes y de los que tienen miedo; de los sin techo y de los con chalets; del hombre y de los animales; de los blancos y de los negros; de los del norte y de los del sur; de los homosexuales y los heterosexuales; de los gordos y de los flacos; de los sanos y de los enfermos.

De todos.

Así que, de momento, yo me voy a asomar a la ventana y voy a decir a grito pelado algo que llevo mucho tiempo con unas ganas locas de soltar:

¡¡AQUÍ CABEMOS TODOS O NO CABE NI DIOS!!

Vida y Obra de un Acaso

ACASO SE PUEDE... Amar la ópera y a la vez el house; quedarse igual de extasiada ante el Guernica que ante la carátula del Offernissim; morirte en cada renglón del Otoño del Patriarca, sin dejar por ello de admirar los estribillos de Iros todos a tomar por culo (perdón, se llama así); continuar esperando ese Mineralismo que estáa al llegaaaar; que te interese más el Festival de Teatro de Mijas, que los Óscar; amar religiosamente a los animales, pero ser carnívora apostólica y practicante; ser capaz de morir en nombre del derecho a la intimidad, en tanto asumes abrir tu bolso a la entrada de la macrofiesta; no creer en Dios, pero rezar un Credo diario a García Márquez; despotricar a gusto de la sociedad de consumo, mientras te compras esa minifalda tan mona en Zara; presumir de que Nacho Vidal te dice poco, y, sin embargo, callar que te pone a cien El piano con su escena del agujerito en la media; no poder expresarle tus sentimientos a nadie, a no ser que, nadie, tenga cara de papel en blanco; reír y llorar en el mismo espacio-tiempo en el que se llora y ríe sin ser visto; ponerme colorada a estas alturas cuando me miras, ¡joder!; sentir casi placer físico frente a la danza clásica de Duato, para terminar como contorsionista en algún after hour de los de lanza en astillero a ritmo de Chemical Brothers; compartir un mismo ordenador con dos personas, y que éstas aún vivan; descubrir qué es un blog, porque en Urgencias te han amarrado un collarín del cuello.

Acaso se puede vivir con todo esto dentro, y no conectarse desde un psiquiátrico...

Acaso se puede.

Acaso se.

Acaso.

Visto de otro modo

Se abre el telón. Bella y Bestia conversan mientras cenan a la luz de las velas en el lujoso salón de su castillo.
BESTIA. Dime, Bella, ¿me amas?
BELLA. Sí, te amo. Te amo con todas las fuerzas de mi corazón. Te amo a pesar de tus defectos, de tus dientes de bestia, de la monstruosidad de tu cuerpo y de la fealdad de tu faz... Y tú a mí, dime, Bestia, ¿me amas?
BESTIA. ¡Qué cosas dices, Bella! ¡Claro que te amo! ¡Cómo no voy a amarte! Eres tan guapa, tan bonita, tan bella.

(Bella baja los ojos y una lágrima recorre su rostro. Bestia jamás pudo entender por qué lloraba Bella).

Cae el telón.