Aunque al escribir no se note nada extraño, al hablar, ceceo. Suele ocurrir cuando se es andaluza, más concretamente de Málaga. Los malagueños estamos escondidos al sur de la Península y pertenecemos a la Comunidad Autonómica de Andalucía.
El Mediterráneo nos lame de azul los pies y sobrellevamos con paciencia una corona de sol y más sol y toma sol y siempre sol. Un fenómeno muy típico aquí es el terral, o, lo que es lo mismo, un vientecillo caliente que espanta al mismísimo diablo y consigue que vayan a la playa hasta los gatos;
cuando hay terral, ¡todo el personal al agua! Qué remedio.
Somos ciudad antigua. Llevamos en estos lares más años que Cristo, y no lo digo por decir; de hecho, Málaga fue fundada en el siglo VIII a. C.
Por aquí han pasado muchos pueblos, muchos, muchos. Y de todos ellos damos fiel testimonio. Pasaron en su día los fenicios, pasaron los cartagineses, pasaron los romanos y pasaron los árabes (ahora mismo están aquí los McDonalds).
El rastro de tal devenir histórico es un rosario de castillos, juderías, alcazabas árabes, anfiteatros romanos del año tropecientos hacia atrás y otras exquisiteces arquitectónicas que el forastero paladea y los niños odian aprender en los colegios. Tal vez este trasvase continuo de pueblos y culturas, junto a que somos ciudad turística por obra y gracia de la Costa del Sol, es lo que ha hecho de las gentes de Málaga, gente abierta, acostumbrada al visitante. Eso sí, que nadie haga ruido a la hora de la siesta, eh; menudo disgusto nos llevamos.
Cuando vienen los guiris (definición de guiri: turista extranjero) y asaltan las tiendas de souvenir (definición de souvenir: tontería pequeña y sin uso que sólo sirve para demostrarle a los amigos dónde estuvimos en vacaciones),
el objeto más preciado es el Cenachero, que no es sino una miniatura de una escultura en bronce creada por Jaime Pimentel en 1968, y que, ahora, además de ser símbolo de la ciudad, vigila desde su posición privilegiada El Puerto y El Paseo de la Farola (definición del Paseo de la Farola: lugar apartado donde no hay ni una farola y las parejas ronronean su amor al amparo de las sombras de la noche). Por demás, bares, muchos bares, todos los bares del mundo: chiringuitos, tascas, cantinas, campanas, tabernas, peñas, cafeterías, terracitas de verano (odio tener que hacer otra definición tal cual, pero el nombre induce a error: terracita de verano, es aquel bar que coloca sus mesas en la puñetera calle, a fin de descubrir si los peatones van atentos y no tropiezan).
A mí me gustan mucho las campanas y los chiringuitos.
La condición indispensable del chiringuito es que esté construido a pie de playa. En él se puede degustar, a precio módico, boquerones rebozados, pulpo, calamares, espetos de sardinas, jureles, almejas al ajillo y arena por todas partes. Últimamente, se ha puesto de moda ir a los chiringuitos de noche, y, como las personas somos de ir adonde va Vicente, allá que trasponemos todos a comer pescado a oscuras junto a las olas del mar. Las campanas son más baratas que los chiringuitos. Están repletas de inmensos toneles y en ellas se degustan mil y un vinos de la tierra con marisco a precio de saldo. Bueno, pues ya puestos a hablar de comida, son platos típicos de estos andurriales la ensalada de naranjas con bacalao, el ajoblanco, los pajaritos fritos (no os asustéis que son pimientos), el gazpacho, la porra antequerana, el salmorejo, la tortilla de patatas, la sangría, el cartojal, las pasas en aguardiente, las migas y la hamburguesa doble del McDonald con ración de patatas fritas precongeladas y coca-cola light.
Aparte de la mesa lugareña, es de obligado deber para el turista visitar la casa natal de Pablo Ruiz Picasso, y su museo. Cuando se habla del Museo Picasso, los malagueños nos inflamos como pavos reales. Hasta los bebés te indican con su dedito índice por dónde debes ir.
En total se pueden contemplar 204 obras entre pinturas, grabados, esculturas, cuadernos, cerámicas y dibujos. Para albergar semejante patrimonio, la Junta de Andalucía compró el Palacio de los Condes de Buenavista, un edificio típicamente andaluz del siglo XVI, que durante años fue la sede del Museo de Bellas Artes. La casa natal de este pintor está ubicada en La plaza de la Merced, lugar éste que, vete a saber por qué oscuros designios del destino, ha sido escogido por las huestes para el botellón prohibido de los sábados. Allí, en la plaza, siempre aletea tenue fragancia a plantas: de día desprenden su aroma los geranios en flor y de noche los canutos de marihuana.
Más calles donde conviven en paz el sabor añejo de la Historia y el día a día, son la Alameda, Calle Larios, la Plaza la Marina, la Plaza la Constitución (hasta hace poco Plaza de José Antonio Primo de Rivera),
Calle San Agustín, Calle Comedias, El paseo de los Curas... Y todas van a desembocar, sin remedio, a la Catedral. Puedes andar hacia el Norte o hacia el Sur, entrar por Calle Córdoba o por Calle Compañía, estar atento o ir a la deriva, el caso es que, quieras o no quieras, tus pasos terminaran en la Catedral. Debe ser cosa de hechizos.
Fue mandada construir por los Reyes Católicos cuando éstos le conquistaron la ciudad a los árabes, y la levantaron sobre la original Mezquita Mayor de la ciudad. Su construcción duró siglos, siendo iniciada en 1528 y concluida en 1782 (con las obras ya se sabe, mejor no empezar). Sin embargo, una de sus torres quedó inacabada, por lo que los malagueños la hemos bautizado como “la manquita” (ya nos vale).
Ahora no se vive mal por aquí, desde que se nos murió el tito Paco (Dios lo tenga en sus mazmorras para que no se escape) parece que hemos levantado cabeza. Y no sólo en Málaga, en España entera. Pero no siempre ha sido así. La memoria de nuestros mayores habla de necesidad y de miedo, de guerra y de hermano contra hermano, de emigración y de dolor, de mordazas y de censuras, de torturas y de exilios, de muertes sin conciencia y del carnicerito de Málaga, del Ay Carmela y del Cara al Sol. Si me dieran a elegir a mí, borraría, de todas y cada una de las doloridas mentes, tanto mal rollo y tan mal sabor de vida. Pero dicen los más viejos que no debo decir tal cosa ni en broma, que todo lo contrario, que el olvido es malo, que debo recordar siempre, siempre. Porque sólo el recuerdo asegura que esa historia no se vuelva a repetir.